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EL PASEO DE NOEL

Aquella noche, poco antes del amanecer, NoeL recogía su pequeña bolsa de tela con poco más que una camisa y un par de papeles perfectamente doblados y resguardados en una sencilla bolsa, que había dejado bajo su viejo colchón.1

Desolado, mira la colchoneta donde plácidamente descansaban sus hermanos, evitando hacer ruido para que no se despertaran. En la esquina de la fría habitación se encontraba su madre que dormía profundamente, más por agotamiento que por otra cosa. Intentaba salir sin despertarlos, sería muy doloroso, las lágrimas le harían dudar.

Las noticias del otro lado de la orilla alimentaban sus sueños como los cuentos alimentan las ilusiones de un niño. Cómo quedarse sin hacer nada, cómo ver a sus hermanos sobrevivir en un país donde la propia vida era una ruleta rusa, donde no había medicinas y el paludismo junto con la fiebre tifoidea estaban a la orden del día, y se jugaban con falsos medicamentos en un mercado negro alimentado por la desesperación de sus gentes.3

NoeL se desesperaba por momentos, sabía lo que dejaba, que no era mucho, y añoraba lo que su espíritu inquieto le reclamaba: sus ansiosas ganas de saber y estudiar, algo impensable en su país, sólo asequible a una parte ínfima de la población a la que él no pertenecía.

NoeL miró por última vez todos los rincones de aquella mohosa habitación que formaba su casa conteniendo su estómago y sus lágrimas.

Sabía que el camino sería largo y duro, como duro sería seguir allí. A las afueras del poblado ya le esperaban otros que como él buscaban alcanzar Europa y sus oportunidades. Con sus sandalias casi desgastadas tras dos semanas de caminos y veredas a oscuras, con la única luz que la luna les ofrecía8, NoeL comenzaba a sentir agrietarse sus pies y sus esperanzas, pero ya era tarde para volverse atrás. Sus compañeros escondidos como él entre matorrales o ruinas contaban historias milagrosas del otro lado del estrecho, hablaban de las luces de la ciudad, de los enormes edificios, de calles asfaltadas con señales luminosas de colores, de móviles y ordenadores, de la gentileza de sus gentes.

NoeL, sin saber muy bien que era todo aquello, dejaba que las historias alimentaran su espíritu, de esa forma suplía la falta de comida que llenara su estómago.

A pocos kilómetros del estrecho, en una ciudad no menos seca y arenosa que la suya, NoeL detuvo su camino, era imperioso conseguir trabajo en lo que fuese. Sus contactos le exigían mucho dinero para ser llevado al otro lado.

Compartió chabola con otros tantos que se apilaban en el suelo para dormir, y después de varias semanas, gracias a un compatriota suyo, obtuvo un tesoro, un cepillo con que limpiar las arenosas calles, pero que le permitiría ganar unas cuantas monedas para seguir.

Tras dos años recogiendo arena, vaciando papeleras y pegando letreros en sus horas libres, NoeL recopiló el dinero suficiente para alcanzar su futuro. Un amigo suyo que ya había estado en Europa le puso en contacto con quien le daría la oportunidad de cruzar a nado el estrecho, y que mostraba por primera vez un artilugio que se llamaba móvil y con el que le permitía hablar a distancia con quien quisiera.

A NoeL se le iluminaba la cara por momentos, necesitaba saber de su familia y que éstos supieran que estaba vivo. De esta forma le pidió a Livom que visitara su poblado y acudiera a casa de su madre, tras un tiempo prudencial él le llamaría a su número mientras estuviera su madre presente y así podría hablar con ella.

23Con el alma más sosegada tomó rumbo junto a sus amigos a la cala de la cual saldrían esa noche. Allí les esperarían tantos hombres de neopreno como compañeros fueran a cruzar. Escondido entre piedras y dunas, NoeL sentía el frio de la noche y de sus nervios, esos que no te dejan pensar, sólo miraba las luces que se apreciaban de la otra orilla y eso abrigaba su esperanza, que no su miedo.

Tras dos horas de espera comenzaban la aventura agarrados como pulpos a los cuerpos de neopreno. El salitre quemaba sus ojos y las olas que en principio parecían como cunas, comenzaban a golpear su boca y nariz sin dejarlo respirar. Pero las luces se acercaban y no podía rendirse ahora, no podía gritar y poner en peligro a los que como él tenían sus ilusiones puestas en el otro lado.

Pero en cuestión de minutos, ya casi sin aliento y sin fuerzas, sus pupilas irritadas percibieron  a pocos metros de la orilla las luces de los coches patrulla de la frontera española.

“Dios eso puede ser nuestra perdición… o nuestra salvación. No podemos permanecer en el agua más tiempo, ya no siento mi cuerpo, sólo el dolor de mi corazón”.6

No se equivocó, junto con los buzos fueron apresados y llevados a las celdas  de los calabozos donde esperarían el resultado del juicio por entrada ilegal. Esa noche, desesperanzado, NoeL se abandonó a su suerte, cansado y abatido, sobre el camastro de la celda. Dejo de hacer planes a largo plazo para sacar lo mejor de cada instante que se le presentara.

 A la mañana siguiente agradeció no haber sido un cuerpo hinchado en cualquier playa, o un número más en una larga lista de desaparecidos. Sus compañeros de celda seguían contando sus historias y las de otros, y NoeL tendría a partir de ese día la suya propia para contar. Tres meses en un centro de acogida y tras los juicios, tuvo la oportunidad de elegir a qué lugar quería ir dentro del país y, por cercanía, Andalucía fue su elección.

Con el billete en la mano y un permiso de residencia de seis meses, cogería el autobús rumbo a una nueva ciudad. Fue más fácil subir  que bajar de él; paralizado en su asiento, se dio cuenta que no tendría a donde ir, que camino coger, donde dormir…

“Dios en que otro infierno me he metido”. NoeL dejó que los demás bajaran antes para ver qué rumbo tomaban. Un nuevo pueblo, caras y cosas extrañas, perdido, aturdido y solo, comprobaba en su propia piel como el paraíso era ahora su cárcel.

Amigos y compatriotas fueron sacando a NoeL de más de un apuro, mientras su esquelético cuerpo transitaba de alberque en albergue a la vez que oía a todos decir que la vida allí era muy dura, cosa que él ya estaba comprobando. Las historias de riqueza, de independencia, de dulces oportunidades, de amigables fiestas no se correspondía con su realidad; nada de lo que veía era la tierra prometida, pero sus amigos iban y venían con nuevos relatos de otros tantos lugares.

Sus nuevas zapatillas despertarían ansias nuevas de esperanza. La promesa de albergues en la capital, donde podría quedarse seis meses seguidos le dio nuevas alas a sus sueños. Seis meses podrían permitirle planificar su vida, quizás tener trabajo y buscar nuevos amigos. “¡Dios han caído tantos,5 a cual más fuerte que yo! Esta es otra supervivencia de la que no me avisaron y para la que no estaba preparado”.

Quizás fuese el vivir cada día sólo pensando en mejorar el siguiente, lo que llevó a NoeL  a pasar de barrer arena a recoger hojas secas, a pintar fachadas en lugar de pegar carteles, de vaciar papeleras a descargar contenedores. Sentía la necesidad de contar su vida, de ayudar como había sido ayudado, de compartir amigos y descubrir nuevos, de defender su vida e integrarse en las nuevas.

Saber que su familia tenía para comer cada día con lo que les enviaba; una limosna en Europa, todo un privilegio en su tierra. Cuando todos en su país le llamaban afortunado, él recopilaba cintas viejas para aprender ingles. Cuando los paisanos de su madre lo daban por rico, él le robaba horas al sueño para saber escribir mejor. Cuando todos buscaban seguir sus pasos, NoeL buscaba en las bibliotecas más libros para aprender.2

Hoy tras seis años en Madrid, se ha levantado para participar en una maratón solidaria por el Tercer Mundo, con una camiseta confeccionada por sus vecinas, por delante su nombre y en la trasera su dorsal. Hoy tras todo ese tiempo y frente al espejo, ve el reflejo de lo que siempre fue, lo que el destino le tenía marcado y ahora por fin ve: su nombre reflejado en el cristal cambiaba NoeL por el español LeoN, y en letra pequeña, pero legible, con subrayado y entre asteriscos:

*Estudiante de Derecho y participante de la Universidad Complutense de Madrid*

Copyright

Ana Esther G.G.                                                         23-04-2013

 

 

 

 

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Desde que estaba en ti ya habías robado parte de mí.

Mujer, tú que me viste nacer; desde el primer día, supe que mi sino era buscarte.

Mujer, tú que me  dabas la vida, al mismo tiempo me la robabas.

 

Mujer, tú que marcabas mi destino, llenabas mi ser de ti.

Mujer, que me dejabas libre para irte a buscar.

Mujer, que me enseñabas a luchar para poder y saber encontrarte.

Mujer, tú que me dejabas ir el mismo día que apareciste.

 

Mujer, tú que me conquistaste, que supiste regalarme todo tu ser.

Mujer, tú que me diste la vida, que volviste a mí en el momento justo.

Mujer, tú que cumplimentabas todo lo que la historia me había quitado.

 

Mujer, tú la que llenabas mi ser de felicidad; tú que robabas una costilla cuando nací;

ahora me regalas tu vida, el amor y felicidad hasta el día que ya no estemos aquí.

Mujer, por tu amor, y tu felicidad buscando la mía;

por tu amor, que ilumina el mío; por tu vida, que le dio y le da vida a la mía.

Para ti mujer, que llevo amándote toda mi existencia…

Para ti…todo mi corazón, ese que un día me diste, hoy te lo doy…

 

LA LAGUNA   06-02-2012     

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ABRIR LAS PUERTAS

¡Miriam!…¡Miriam!…Abre la puerta! Gritaba alguien mientras aporreaba la puerta principal de su casa sin parar, y entre golpe y golpe, pulsaba el viejo botón del timbre.

Miriam, en el ático, impávida, escuchaba el ruido que, quien fuese, intentaba llamar su atención. Entendía que el que provocaba tal escándalo, intuía que ella se encontraba en la casa, por más que mantuviera su silencio.

Desconocía quien perturbaba su calma, realmente no le interesaba; por ello no contemplaba la posibilidad de mirar tras la pequeña y circular ventana, al lado de la cual estaba, y a la que podría acceder con sólo incorporarse del diván de hierro en el que se encontraba, y dar un sencillo y corto paso.

Nunca observaba el mundo exterior tras los cristales, y hoy no sería menos, ni si quiera se lo planteaba. Nada de lo que hubiera fuera le importaba, al menos, eso era lo que ella prefería creer. Su casa era su mundo, pero lo más cierto es que su mente era, con certeza, la que creaba ese mundo, donde no había cabida para mucho mas.

Se afanaba por envolver su vida y su rostro, con una gruesa capa de maquillaje; como el que se cubre con un sólido caparazón para mantenerla aislada de duros sentimientos, de complicadas decisiones, y de situaciones comprometidas. Había sobrevivido muchos años a las inclemencias que le presentaba la vida, escondida y refugiada entre las cuatro paredes de su concha, y haberlo logrado le hacía creer que esta forma de vivir era, no sólo, natural sino además, una forma de vivir que la llenaba de felicidad, o al menos eso pensaba su conciente; no ya su subconsciente, que de vez en cuando le tocaba a la puerta, más fuerte aún, que el que lo hacía ahora en la de su casa. Pero hasta ese momento, había conseguido silenciar con más o menos éxito, todas sus inquietudes e infelicidades, saltando por encima de cada problema que se le había presentado, sin caer en el punto, de que no por saltar un río, este deja de existir.

El día a día de Miriam, era todo un ritual de movimientos para mantener ocupado su cuerpo y su mente, con la firme convicción de que sus  programadas acciones en casa y fuera de ella eran realmente una forma natural de vivir.

La puerta de su casa, no era la única que tendría que abrir, pero ella aún no lo había descubierto, o mejor, su mente, aún no había concebido la posibilidad de hacerlo.

Miriam, desde su diván, continuó sentada y dejando que el intruso aporreara su puerta, como lo hacia la vida en su existir.

     30 – Mayo – 2011

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LA VIDA

Nada que haga crecer a una persona es una perdida de tiempo. Porque lo que da miedo, muchas veces suele merecer la pena. Nada dura en la vida, ni la vida misma, pero por eso no dejaras de vivirla…..¿o sí? La vida se va como el agua entre los dedos, pero……¡no intentas beber de ella antes de que desaparezca…..! La vida es como el oxígeno que llega a ti, la respiras y desaparece, pero por eso…¡dejas de inhalar los aromas que te trae!
 
 La vida es como un espectacular atardecer, pero,….. por el simple hecho de que luego desaparezca….¡dejas de ir a verlos!
 
 
 La vida es como un hermoso sendero,……pero porque hayas llegado al final,…¡desaparece la grandeza que ha llenado tu retina y tu espíritu! Recuerda,… lo último que envejece en una persona es su corazón.

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                Yolanda terminaba el curso en quince días y, en ese tiempo, tendría que darle rumbo a su vida. Lo que no sabía era que tan pequeña decisión cambiaría el resto de su vida.

                ¿Como haría para conseguir trabajo en tan poco espacio de tiempo? ¿En qué podría emplearse alguien con tan sólo 18 años y con un pequeño título de administrativa bajo el brazo? Como otra tantas veces, la vida se le presentaba igual de dura y real, más real incluso de lo que pudiera imaginar.

                Fue de camino a su actual residencia de estudiante, cuando dejó de pensar y se dejó llevar por sus ya conocidos impulsos optimistas. De esa forma, y dejándose acompañar por un cortado y el humo de un nuevo cigarro, se dispuso a devorar todas las tintadas páginas de uno de los periódicos de la zona.

                Pero el optimismo que le era característico se desplomaba por segundos, a cada página, a cada anuncio, a cada reclamo de trabajo. Supo entonces que la vida real era un verdadero laberinto para el que no le habían preparado en ningún lado, pero eso no la detendría: era cuestión de supervivencia, era cuestión de comer.

                Rendida ante tal avalancha de escuetos anunciantes, con los pies cansados e hinchados de tanto caminar buscando no sabía bien qué, retomó el resto del camino al colegio donde se quedaba. Fue el sofocante día de verano lo que la hizo mirar tras suyo y fijar la vista en la estación del tranvía. Con una extraña congoja en el corazón y con algo de esperanza en el bolsillo, miró en este buscando restos de la calderilla que le diera el camarero minutos antes. ¡Sí!, se dijo, tenía justo para regresar sentada a casa, si se podía llamar a aquello casa. Bueno, pensaba, es lo más parecido a un hogar ahora mismo.

                Gracias a Dios no le fue difícil encontrar donde sentarse y dejar descansar sus hinchados tobillos y sus pensamientos. Alguien se había dejado el ejemplar de otro diario en la rejilla trasera del asiento que le precedía, y casi por inercia se dispuso a leerlo, bueno, más que leer fijaba la vista en los simples títulos de cada artículo. No quería complicar su mente con conceptos trascendentales, no estaba para leer las historias complicadas. Casi como por instinto, pasaba las páginas como un niño chico busca los dibujos, sólo que sus manos intentaban llegar a las que ofrecían trabajo a tantos desesperados.

                Nunca imaginaría que un viaje en tranvía cambiaría su vida, nada más y nada menos que los 22 años siguientes de su vida, y con ello todo lo que una vez de niña imaginó inocentemente que podría lograr, todo lo que ni ella sabían aún que necesitaría.

                Tres pequeñas líneas casi imperceptibles en la penúltima página fueron suficientes para su desesperada vista. Fue allí cuando sus pequeños párpados caídos se abrieron, iluminando su rostro y acelerando su joven corazón.

                “Se busca vendedora de muebles con dos años de experiencia en el ramo. Interesados llamar al teléfono indicado de9 a1 y de4 a8.”

                El fuerte palpitar le hizo ponerse en pie mucho antes de llegar a su parada; ella era así de impulsiva y visceral. Capaz de ver el cielo en una gota de agua, pero de igual formar se podía ahogar en otra igual.

                Lista para lo que pudiera pasar, bajó en la parada contigua al colegio y volvió a palparse los bolsillos buscando vida, nunca mejor dicho, su vida.

                Dos monedas le fue suficiente para labrar su futuro. Marcó el numero y una voz varonil le preguntó por su experiencia y ella, sin dudarlo, dijo que tenia 3 años trabajados en el ramo requerido.

              Sabía que se la estaba jugando: los únicos muebles que había visto en su vida eran las viejas reliquias que decoraban la casa de sus padres. Pero el que no arriesga no tiene, se decía. Y así fue, consiguió una entrevista para el día siguiente en la capital.

                No importaba entonces sus pies dolorosos, ni su ruidoso y hambriento estómago. No, ya no importaba, porque volvía a estar viva, volvía a tener esperanza y sueños, volvía a creer en todo y sobre todo en ella misma.

ANA ESTHER GONZÁLEZ GONZÁLEZ

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