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ME ENCONTRÉ EN GRECIA

    Comenzaba a amanecer y los nuevos aromas del día se mezclaban con el del café recién hecho en la cocina. El viejo timbre de la puerta sorprendió a Marta aún en cholas, pijama y media dormida. Tras mirar entre las cortinas de encajes del salón, reconoció la larga silueta del cartero que, como de costumbre, inauguraba las calles cada mañana con su afable rostro y sus firmes zancadas. Marta no se dio prisa en descubrir lo que habían dejado en su buzón, antes tomaría su rutinario café matutino y despertaría a sus hijos.

    Ya con sus vaqueros y sus zapatillas puestas, salió al porche con la pequeña llave del buzón que hiciera su bisabuelo; un recuerdo de familia más pintoresco que práctico, pero irremplazable. Con las cartas en la mano y con la tranquilidad que da un día de descanso, pasó por la cocina a recoger otra taza de café para disfrutarla en la acogedora terraza trasera. CARTAEn su butaca de forja quemada por el tiempo, desplegando las cartas como si de una baraja se tratara, una de ellas con sello y cuño extranjero inmediatamente llamó su atención. Soltó la taza sorprendida e intrigada por descubrir quien le había escrito desde tan lejos. Sin detenerse a pensar demasiado, creía reconocer la letra que indicaba la dirección de su casa, con un gesto casi impulsivo miró el reverso, mientras su corazón se exaltaba a la misma velocidad que leía: “…con cariño de mamá.”

    Impulsada por la emoción, saltó de la butaca buscando a David, su marido, y a sus hijos, al tiempo que comunicaba con voz entre temblorosa y agitada: “Hay carta de la abuela. ¡David, ha escrito mamá…!” Casi sin darles tiempo a reaccionar volvió sobre sus pasos al asiento que había ocupado mientras que sus dedos temblorosos desplegaban la solapa del sobre y desdoblaban los diferentes folios de su contenido.

    Hacía unas dos semanas que no sabía de su madre y la curiosidad, el miedo y la preocupación inundaban sus ojos ansiosos por leer. Reconocía su encantadora letra de molde, estilizada a la antigua usanza, su costumbre de diferenciar las páginas con números romanos, su particular forma de doblar los folios, de mantener perfectamente alineados los renglones y los bordes. Siempre le había encantado esa forma de escribir, como el que lee un pergamino más que una carta.

    “Hola mi querida Marta, espero que estéis todos bien a la llegada de la presente. Como te dije, cogí rumbo sin saber muy bien qué camino tomar, no sabía a dónde me llevarían mis cansados y, sin embargo inquietos pies, y aquí me tienes en un país cansado por su antigüedad pero igual de inquieto que yo…Grecia…”GRECIA.CALLE

          – ¡David…David…! – gritaba Marta entusiasmada desde la terraza.

         – ¿Qué cielo… pasa algo…?

         – Mamá está en Grecia… ¡Dios, que se le habrá perdido ahí…!

         – ¡Bueno cariño, algo le llamaría la atención…! No deja de ser un lugar como otro. Espera un segundo, ya bajo.

    Marta volvió a perderse entre las dulces líneas, sorprendida, inquieta y emocionada.

    “… conociéndote hija, te estarás preguntando que hago aquí. A decir verdad ni yo misma lo sabía cuando estuve hojeando las llamativas guías de viaje de los diferentes escaparates. Fue más por impulso, por destino y por curiosidad que terminara comprando la de este exótico y único lugar. Si bien no sabía que iba a encontrarme realmente, si reconocía que quería perderme fuera de donde había sido yo todo este tiempo. Hace siete días que llegué y que recorro las abarrotadas GRECIA.PASEO POR CALLES DE PLACAcalles de Atenas… No te imaginas, hija mía, cuánta gente viene de todas partes del mundo para pasear por sus históricas esquinas. Sabiendo lo que te encanta el pasado del mundo y las cosas, aquí te perderías entre tantas piedras caídas, como yo las llamo, saboreando lo que ellas tienen que contarte… No sabrías por donde empezar, cada rincón, cada esquina, cada brisa te llena de un pasado único. Por desgracia mi corta y sobre todo agotada memoria no me deja reconocer toda la grandeza que ven mis ojos, pero gracias a Dios las guías que me acompañan en la mochila refrescan y completan todo lo que mi curiosidad desea saber para saborear mejor lo que veo, piso y pruebo.

    Las calles, la mitad de ellas empedradas y adornadas con miles de cables entrelazados como telas de arañas, otras de suelos arenosos de un color amarilloso, como de piedra molida, espolvorean las viejas y deterioradas GRECIA.ANTIGUA SUBIDA A LA ACOPOLI.ATENAScasas que las alinean en un laberintico caos de cruces sin sentido, con letreros desteñidos e ininteligibles para mí. Señales que se apilan y casi superponen, símbolos y letras que no conocía, así que aquí me tienes, con mapa en mano y haciendo zigzag sin parar, buscando museos, cementerios, columnas, templos, en fin, toda una larga lista de cosas por ver a casi cuarenta grados. Pero no tengo prisa, hija mía, si esta tierra ha refugiado tantos siglos de historia entre sus ruinas, que mejor que dedicarle toda mi paciencia para descubrirlo, al menos los que me dé el tiempo y el dinero…

    Antes de salir para Grecia hice una pequeña escala en Salamanca para visitar a tu hermana. Esther quiso acompañarme, pero sus exámenes a la vuelta de la esquina fueron el freno que la devolvió a la realidad. Por cierto, te manda saludos y te espera este verano con la familia…”

        – Mamá, ¡dices que la abuela está en Grecia ¿porqué se fue tan lejos? ¿Ha mandado alguna foto?  Ese es un país muy viejo y un poco roto… ¿No mami…?

       Grecia  – Carlos, hijo mío, no es que esté roto, cielo, es un país por el que han pasado muchas personas durante muchos años y cada grupo de gente han hecho las casas y las cosas a su manera. Algunas veces respetando las edificaciones anteriores con algunos cambios y otros derrumbando o construyendo encima. En este lugar ha pasado de todo ello, además de lo que ha quedado simplemente abandonado por el paso del tiempo, y hoy hay gente a las que les gusta ver lo que ha quedado, por el simple hecho de que en su día fueron grandes e importantes construcciones y por las personas que vivieron en ellas. ¿Recuerdas las canicas de madera de colores que encontraste en el jardín?

         – Sí, mami, en el colegio todos mis compañeros me las piden para verlas, nadie tiene ninguna igual. Pero no pienso dárselas a nadie, papá dice que eran del abuelo, de cuando tenía mi edad más o menos, y eso es importante para mí.

         – Eso es exactamente, hijo, esas canicas gastadas, sucias y algo golpeadas no han perdido su valor, sólo que ahora tú les das uno nuevo, porque respetas lo que fueron y a quien pertenecieron. Pues eso mismo pasa con el país donde está la abuela, no sólo es lo que queda, es lo que fue y la posibilidad de verlo y descubrirlo. Ahora ve a desayunar y llama a tu hermana que se le está haciendo tarde.Grecia.Trabajando al sol

         – ¿Pero, mamá, ha mandado alguna foto de ese sitio?

         – No, cielo, pero tratándose de la abuela, a la vuelta seguro que vendrá con miles. Ella le dispara a todo, ya te cansaras de verlas. Ve a comer enseguida.

         – Voy mama, ya aviso a Ana.

    Marta volvía a quedarse sola frente a los folios como papiros de la antigua Grecia, que había enviado la abuela. Entendía las ansias de su madre por comerse el mundo, por perderse, por encontrar nuevas ilusiones, cosas nuevas, casi la envidiaba, pero le preocupa saberla sola, lejos, rodeada de extraños. Quizás fuera todo eso lo que envidiaba.

    “…Esta claro hija que cada lugar tiene su encanto, su olor, su ritmo, sus signos, su sonido, y desde luego que éste está lleno de ellos. Nada más llegar percibí un ligero pero continuo sonido, que no conseguía identificar, un tenue traqueteo por todos lados, incluso desde la habitación de mi hotel lo percibo. He descubierto que es el sonido que emite un curioso bichito que vive sobre los árboles perfectamente camuflados en sus troncos., las chicharras.

 Grecia.Chicharra   Las calles principales están flanqueadas por tiendas de todo tipo llenas de artesanía popular, souvenir, cerámica, y cientos de ellas exclusivamente dedicadas a la venta de lo que llaman ‘komboloi’, algo parecido a un rosario de cuentas de todo tipo y colores, que es el pasatiempo más popular entre las manos de los hombres. Hoy, de camino a la acrópolis, disfrutaba del fresco que desprendían los enormes ventiladores de las terrazas mientras espolvoreaban un suave vapor de agua, desde luego, original artilugio. GRECIA.PASEO POR PLACACientos de personas peregrinaban buscando el mismo destino, jóvenes en grupo, parejas de todas las edades, familias completas, ancianos admirables bajo este sol de justicia. Me llamó la atención una señora casi de mi edad, que subía los enormes peldaños a la acrópolis empujando e impulsando la silla de ruedas de su marido. Todo ese esfuerzo para ver esta belleza es admirable, y yo quejándome de mis viejos pies.

    Cielo, es inexplicable la grandeza de todo lo que veo: personas, cosas y monumentos… la Biblioteca de Adriano, el templo de las Cariátides, el Partenón, el teatro de Dionisio, la puerta de Adriano, por cierto, casi a su sombra he saboreado un sabroso helado al ritmo del sonido de las chicharras. Es asombroso descubrir como cientos de muchachos con un simple pañuelo a la cabeza excavan por amor al pasado, con toda una delicadeza digna de admiración, con este sol en la nuca. Cada detalle es tan importante que todo esto ha hecho que me olvide de mí y mis cosas, de mis pies, mi cansancio, del calor, del tiempo…pero GRECIA.CAMINANDO AL SOLnunca de ustedes qué vais en mi corazón donde quiera que voy.

    Hoy me he tropezado con una familia de camino al cementerio de Kerámikos; sin saber muy bien por donde se accedía, me acerqué a la pareja que iba con una niña de no más de 10 años y otra joven de entre unos 38 a 40 años, y sin saber bien como preguntarles por donde estaba la entrada al lugar, amablemente me indicaron, en un inglés que me costó entender, que les acompañara ya que llevaban el mismo destino. ¡Cuánto me ha recordado esa familia a todos vosotros, por un momento os sentí allí a mi lado!Grecia.Familia

    Mi dulce Marta, aquí me he perdido y me he encontrado, he estado sola pero siempre acompañada, he visto pasado y descubierto futuro… me iré de aquí más llena de vida que nunca y con renovadas ganas de seguir descubriendo nuevos lugares.

    Nos veremos pronto cariño, besos a todos de la abuela.

    Con mucho amor… La abuela”

CopyrightAna Esther G.G.                                                 Febrero 2014

 

 

 

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EL PASEO DE NOEL

Aquella noche, poco antes del amanecer, NoeL recogía su pequeña bolsa de tela con poco más que una camisa y un par de papeles perfectamente doblados y resguardados en una sencilla bolsa, que había dejado bajo su viejo colchón.1

Desolado, mira la colchoneta donde plácidamente descansaban sus hermanos, evitando hacer ruido para que no se despertaran. En la esquina de la fría habitación se encontraba su madre que dormía profundamente, más por agotamiento que por otra cosa. Intentaba salir sin despertarlos, sería muy doloroso, las lágrimas le harían dudar.

Las noticias del otro lado de la orilla alimentaban sus sueños como los cuentos alimentan las ilusiones de un niño. Cómo quedarse sin hacer nada, cómo ver a sus hermanos sobrevivir en un país donde la propia vida era una ruleta rusa, donde no había medicinas y el paludismo junto con la fiebre tifoidea estaban a la orden del día, y se jugaban con falsos medicamentos en un mercado negro alimentado por la desesperación de sus gentes.3

NoeL se desesperaba por momentos, sabía lo que dejaba, que no era mucho, y añoraba lo que su espíritu inquieto le reclamaba: sus ansiosas ganas de saber y estudiar, algo impensable en su país, sólo asequible a una parte ínfima de la población a la que él no pertenecía.

NoeL miró por última vez todos los rincones de aquella mohosa habitación que formaba su casa conteniendo su estómago y sus lágrimas.

Sabía que el camino sería largo y duro, como duro sería seguir allí. A las afueras del poblado ya le esperaban otros que como él buscaban alcanzar Europa y sus oportunidades. Con sus sandalias casi desgastadas tras dos semanas de caminos y veredas a oscuras, con la única luz que la luna les ofrecía8, NoeL comenzaba a sentir agrietarse sus pies y sus esperanzas, pero ya era tarde para volverse atrás. Sus compañeros escondidos como él entre matorrales o ruinas contaban historias milagrosas del otro lado del estrecho, hablaban de las luces de la ciudad, de los enormes edificios, de calles asfaltadas con señales luminosas de colores, de móviles y ordenadores, de la gentileza de sus gentes.

NoeL, sin saber muy bien que era todo aquello, dejaba que las historias alimentaran su espíritu, de esa forma suplía la falta de comida que llenara su estómago.

A pocos kilómetros del estrecho, en una ciudad no menos seca y arenosa que la suya, NoeL detuvo su camino, era imperioso conseguir trabajo en lo que fuese. Sus contactos le exigían mucho dinero para ser llevado al otro lado.

Compartió chabola con otros tantos que se apilaban en el suelo para dormir, y después de varias semanas, gracias a un compatriota suyo, obtuvo un tesoro, un cepillo con que limpiar las arenosas calles, pero que le permitiría ganar unas cuantas monedas para seguir.

Tras dos años recogiendo arena, vaciando papeleras y pegando letreros en sus horas libres, NoeL recopiló el dinero suficiente para alcanzar su futuro. Un amigo suyo que ya había estado en Europa le puso en contacto con quien le daría la oportunidad de cruzar a nado el estrecho, y que mostraba por primera vez un artilugio que se llamaba móvil y con el que le permitía hablar a distancia con quien quisiera.

A NoeL se le iluminaba la cara por momentos, necesitaba saber de su familia y que éstos supieran que estaba vivo. De esta forma le pidió a Livom que visitara su poblado y acudiera a casa de su madre, tras un tiempo prudencial él le llamaría a su número mientras estuviera su madre presente y así podría hablar con ella.

23Con el alma más sosegada tomó rumbo junto a sus amigos a la cala de la cual saldrían esa noche. Allí les esperarían tantos hombres de neopreno como compañeros fueran a cruzar. Escondido entre piedras y dunas, NoeL sentía el frio de la noche y de sus nervios, esos que no te dejan pensar, sólo miraba las luces que se apreciaban de la otra orilla y eso abrigaba su esperanza, que no su miedo.

Tras dos horas de espera comenzaban la aventura agarrados como pulpos a los cuerpos de neopreno. El salitre quemaba sus ojos y las olas que en principio parecían como cunas, comenzaban a golpear su boca y nariz sin dejarlo respirar. Pero las luces se acercaban y no podía rendirse ahora, no podía gritar y poner en peligro a los que como él tenían sus ilusiones puestas en el otro lado.

Pero en cuestión de minutos, ya casi sin aliento y sin fuerzas, sus pupilas irritadas percibieron  a pocos metros de la orilla las luces de los coches patrulla de la frontera española.

“Dios eso puede ser nuestra perdición… o nuestra salvación. No podemos permanecer en el agua más tiempo, ya no siento mi cuerpo, sólo el dolor de mi corazón”.6

No se equivocó, junto con los buzos fueron apresados y llevados a las celdas  de los calabozos donde esperarían el resultado del juicio por entrada ilegal. Esa noche, desesperanzado, NoeL se abandonó a su suerte, cansado y abatido, sobre el camastro de la celda. Dejo de hacer planes a largo plazo para sacar lo mejor de cada instante que se le presentara.

 A la mañana siguiente agradeció no haber sido un cuerpo hinchado en cualquier playa, o un número más en una larga lista de desaparecidos. Sus compañeros de celda seguían contando sus historias y las de otros, y NoeL tendría a partir de ese día la suya propia para contar. Tres meses en un centro de acogida y tras los juicios, tuvo la oportunidad de elegir a qué lugar quería ir dentro del país y, por cercanía, Andalucía fue su elección.

Con el billete en la mano y un permiso de residencia de seis meses, cogería el autobús rumbo a una nueva ciudad. Fue más fácil subir  que bajar de él; paralizado en su asiento, se dio cuenta que no tendría a donde ir, que camino coger, donde dormir…

“Dios en que otro infierno me he metido”. NoeL dejó que los demás bajaran antes para ver qué rumbo tomaban. Un nuevo pueblo, caras y cosas extrañas, perdido, aturdido y solo, comprobaba en su propia piel como el paraíso era ahora su cárcel.

Amigos y compatriotas fueron sacando a NoeL de más de un apuro, mientras su esquelético cuerpo transitaba de alberque en albergue a la vez que oía a todos decir que la vida allí era muy dura, cosa que él ya estaba comprobando. Las historias de riqueza, de independencia, de dulces oportunidades, de amigables fiestas no se correspondía con su realidad; nada de lo que veía era la tierra prometida, pero sus amigos iban y venían con nuevos relatos de otros tantos lugares.

Sus nuevas zapatillas despertarían ansias nuevas de esperanza. La promesa de albergues en la capital, donde podría quedarse seis meses seguidos le dio nuevas alas a sus sueños. Seis meses podrían permitirle planificar su vida, quizás tener trabajo y buscar nuevos amigos. “¡Dios han caído tantos,5 a cual más fuerte que yo! Esta es otra supervivencia de la que no me avisaron y para la que no estaba preparado”.

Quizás fuese el vivir cada día sólo pensando en mejorar el siguiente, lo que llevó a NoeL  a pasar de barrer arena a recoger hojas secas, a pintar fachadas en lugar de pegar carteles, de vaciar papeleras a descargar contenedores. Sentía la necesidad de contar su vida, de ayudar como había sido ayudado, de compartir amigos y descubrir nuevos, de defender su vida e integrarse en las nuevas.

Saber que su familia tenía para comer cada día con lo que les enviaba; una limosna en Europa, todo un privilegio en su tierra. Cuando todos en su país le llamaban afortunado, él recopilaba cintas viejas para aprender ingles. Cuando los paisanos de su madre lo daban por rico, él le robaba horas al sueño para saber escribir mejor. Cuando todos buscaban seguir sus pasos, NoeL buscaba en las bibliotecas más libros para aprender.2

Hoy tras seis años en Madrid, se ha levantado para participar en una maratón solidaria por el Tercer Mundo, con una camiseta confeccionada por sus vecinas, por delante su nombre y en la trasera su dorsal. Hoy tras todo ese tiempo y frente al espejo, ve el reflejo de lo que siempre fue, lo que el destino le tenía marcado y ahora por fin ve: su nombre reflejado en el cristal cambiaba NoeL por el español LeoN, y en letra pequeña, pero legible, con subrayado y entre asteriscos:

*Estudiante de Derecho y participante de la Universidad Complutense de Madrid*

Copyright

Ana Esther G.G.                                                         23-04-2013

 

 

 

 

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