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Archive for 30 mayo 2011

ABRIR LAS PUERTAS

¡Miriam!…¡Miriam!…Abre la puerta! Gritaba alguien mientras aporreaba la puerta principal de su casa sin parar, y entre golpe y golpe, pulsaba el viejo botón del timbre.

Miriam, en el ático, impávida, escuchaba el ruido que, quien fuese, intentaba llamar su atención. Entendía que el que provocaba tal escándalo, intuía que ella se encontraba en la casa, por más que mantuviera su silencio.

Desconocía quien perturbaba su calma, realmente no le interesaba; por ello no contemplaba la posibilidad de mirar tras la pequeña y circular ventana, al lado de la cual estaba, y a la que podría acceder con sólo incorporarse del diván de hierro en el que se encontraba, y dar un sencillo y corto paso.

Nunca observaba el mundo exterior tras los cristales, y hoy no sería menos, ni si quiera se lo planteaba. Nada de lo que hubiera fuera le importaba, al menos, eso era lo que ella prefería creer. Su casa era su mundo, pero lo más cierto es que su mente era, con certeza, la que creaba ese mundo, donde no había cabida para mucho mas.

Se afanaba por envolver su vida y su rostro, con una gruesa capa de maquillaje; como el que se cubre con un sólido caparazón para mantenerla aislada de duros sentimientos, de complicadas decisiones, y de situaciones comprometidas. Había sobrevivido muchos años a las inclemencias que le presentaba la vida, escondida y refugiada entre las cuatro paredes de su concha, y haberlo logrado le hacía creer que esta forma de vivir era, no sólo, natural sino además, una forma de vivir que la llenaba de felicidad, o al menos eso pensaba su conciente; no ya su subconsciente, que de vez en cuando le tocaba a la puerta, más fuerte aún, que el que lo hacía ahora en la de su casa. Pero hasta ese momento, había conseguido silenciar con más o menos éxito, todas sus inquietudes e infelicidades, saltando por encima de cada problema que se le había presentado, sin caer en el punto, de que no por saltar un río, este deja de existir.

El día a día de Miriam, era todo un ritual de movimientos para mantener ocupado su cuerpo y su mente, con la firme convicción de que sus  programadas acciones en casa y fuera de ella eran realmente una forma natural de vivir.

La puerta de su casa, no era la única que tendría que abrir, pero ella aún no lo había descubierto, o mejor, su mente, aún no había concebido la posibilidad de hacerlo.

Miriam, desde su diván, continuó sentada y dejando que el intruso aporreara su puerta, como lo hacia la vida en su existir.

     30 – Mayo – 2011

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Llegaba a casa, más que cansado, rendido, y abatido. Su viejo perro Labrador, ni se inmutó de su mullida alfombra al oírlo llegar.

Richard, dejó las llaves como de costumbre, sobre la antigua cómoda de la entrada, para dirigirse casi por inercia al teléfono. Pero en sí, realmente sabía que no era por inercia, su subconsciente más conciente buscaba encontrar algo en él, deseaba y esperaba que hoy, aquella figura, que últimamente más que útil, era decorativa, como por arte de magia dijera algo.

Se paró cuatro largos segundos, antes de conectar el botón del contestador; cuatro eternos segundos que le bastaron para llenarse de valor, cuando realmente le plagaba el miedo y la ansiedad. Su cabeza se llenaba de duras pero reales contradicciones, que prolongaban su sensación de derrota. Por un lado, su lucha conciente por convencerse de que en verdad, no necesitaba nada, ni a nadie, que esta tortura a la se sometía cada noche no podía ser sana,  y esto contrastaba con el atisbo de esperanza que le proporcionaba esos mismos eternos segundos.

Respiraba hondo, y esa situación llena de dolor y casi placer, le era familiar, no más la llevaba gravada hacía ya casi diez meses; como cada noche, de cada día, de todos aquellos meses. Después de cuatro interminables e imborrables segundos sólo se escuchaba un agudo, y a estas alturas desagradable pitido, mas que sonido, que le despertaba de sus sueños, para hundirle en la realidad de que tras el aparato no había nada, sólo silencio.

¿Porqué iba a ser hoy menos? ¿Porqué sería hoy, entre tantos esos días diferente? Aunque así lo deseara. En ese instante, justo en el punto en que ya el pecho no resistía más dolor, Richard encontró las fuerzas para presionar la tecla del teléfono. De inmediato el seco y grave sonido desgarró la poca dignidad que guardaba para esos cuatros segundos. Sólo la tierna mirada de Boston, su perro, que como si leyera sus entrañas, le observaba desplegando en sus ojos la mas tierna y casi comprensiva mirada, y eso le sosegó.

Y como cada noche, de cada día, de cada mes, Richard abandonó su cuerpo sobre el gastado sofá de piel curtida, más por el tiempo que por otra cosa, y dejó dormir sus sueños hasta la próxima jornada.

           22 – Mayo – 2011

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Cuando realmente creía que se encontraba solo, Carlos miraba tras los cristales del salón, intrigado por el creciente bullicio que desde hacía ya varias horas había despertado su mañana.

Un ir y venir de gente ocupaba la plaza centenaria, donde normalmente solo se vislumbraba los kioscos de prensa y las terrazas de los ya históricas cafeterías.

Donde normalmente había habido un sendero rutinario de turistas, que cruzaban la plaza buscando el ángulo perfecto para sus fotos, o algún lugar en las terrazas donde tomar algo fresco en verano, o un cálido café en las gélidas tardes de invierno; hoy cubría sus baldosas un número ingente de hombres y mujeres de aspectos variopintos, y que en su conjunto revestían la plaza, como si al unísono hubieran bordado un manto que la escondiera bajo sus pies.

Este inusual comportamiento, despertó la curiosidad de Carlos, que asombrado recorría con la vista, aún dormida, diferentes rincones del adoquinado foro. Se dejaba sorprender a cada clavada de su vista, donde ayer se encontraban los viejos bancos de piedra, hoy se erguían improvisadas, rudimentarias e inestables tiendas de campaña y pequeñas carpas caseras, que se abrían paso mezcladas entre pancartas, letreros y artesanales vallas publicitarias, por los que todos pasan, como si buscaran encontrar en ellas alguna información personal y transcendental .

Los segundos llenaban el aire de mas rumores, y de algún que otro, casi incomprensible sonido, que los recién instalados altavoces mezclaban con la ruidosa multitud.

Carlos no conseguía entender lo que se esforzaba por escuchar, y aquel río de gentes revueltas sin intención de abandonar el terreno, tampoco le proporcionaba pista alguna de lo que pudiera haber producido tal extraña y ruidosa situación.

Olvidando su desayuno, incoherentemente decidió, arriesgarse a tomarse un café en la que sabia seria una ardua cruzada, ante tal tumulto de gentío, queriendo hacer lo mismo. Pero su fin era calmar su mente curiosa e insaciable de una información.

No con mucha prisa, pero con firme decisión, cubrió sus hombros con su inseparable chupa de piel, y palpando sus bolsillos, esperando encontrar las llaves de su piso. Llave en mano, cigarros y mechero en otra, descendió los viejos y desgastados escalones que serpenteaban los cuatros pisos del octogenario edificio.

Medio dormido aún, salió a la calle dejando que sus ojos y oídos se abrieran y salieran a ella ansiosos de averiguar y descifrar lo que en ella acontecía.

Fue ahí, donde y cuando Carlos se percató en segundos, y a groso modo que la sensación que le embriagaba, exaltaba, animaba y envolvía, era realmente un clamor popular hecho protesta. Era como si alguien le hubiese abierto el cerebro, y sin orden pero con firmeza, hubieran copiado y gritado con megáfono, todas sus inquietudes, dudas, reivindicaciones,  sin sabores e indignación social.

Sus protestas, habían sido plasmadas y gritadas por bocas que no eran la suya, y a las que sin pensarlo, anhelaba unirse. La indignación que tantas veces había llenado sus pensamientos, se hacían palabra, grito, panfleto, pancarta, letrero…

Cuando realmente creía que se encontraba solo en su lucha, Carlos descubrió que era testigo y participe, el día en que se levantó la conciencia.

                                      22 – Mayo – 2011

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Salió de la ducha, dejando que sus cansados pies le dirigieran al armario del lavabo. Con un ataque de indiferencia, observaba esas facciones que por momentos le resultaban conocidas, pero que en días como hoy le proporcionaban un seco silencio.

El rostro que ahora le vigilaba, que llorara tantas veces como lo hiciera ella, que otras tantas copiara sus sonrisas;  en ese instante le pagaba con la misma moneda de impasibilidad, frialdad, desdén y apatía.

Quizás esa imagen del espejo la describiera al completo, quizás copiara su fisonomía, sus gestos, sus rasgos. La verdad era, que ese lado del cristal no la representaba ni la definía, sólo la retrataba, la calcaba; tal vez la cara oculta de esa fría luna pudiera guardar los secretos de su verdades.

Tal vez en el reverso del espejo estuviera gravado su auténtico perfil de pensamientos, pasiones, aflicciones y sentimientos, su cara de la conciencia.

        20 – Mayo – 2011   

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Se derriten las palabras,

y se acaba la historia de mis versos.

 Se congelan los pensamientos,

 y el frío entra en los sentimientos.

Se enmudece mi boca

y se muere mi alma,

un reducto del modesto entusiasmo.

Los recuerdos como dardos,

se clavan en la memoria,

el pasado se hace historia. 

Y si me quedara poco tiempo,

el día de mañana seria mi futuro,

el día ayer sería mi vida.

Los renglones de mis cuadernos,

que hoy son parte de mis días,

serian  toda mi biografía,

para aquellos que los lean. 

Y se derriten las palabras,

en los labios de quien las lee,

de quien besa y saborea paciente,

el sentido de sus renglones.

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   Por la mañana, a través de las diminutas hojas del postigo del cuarto, se colaba la mezcla de aromas que ya después de 17 años se habían hecho muy característicos para ella. Era una combinación de naranja, albaricoque, plátano, laurel, y tantas y tantas otras variantes de plantas, pero a su vez de tan marcados aromas que se podían diferenciar entre sí.

   Gloria estaba segura de poderlos enumerar uno a uno cada mañana, y como cada amanecer, al tiempo que perfumaba sus pulmones con tan extenso abanico de esencias, resurgían en ella todos esos pensamientos que, desde hacía ya un año, le recodaban que vivía en un pueblo.

   La sangre hervía en todo su interior, sangre fresca, nueva, pero en su más álgido punto de ebullición. Contaba los pocos meses que le faltaban para cumplir los 18 años, como un soldado cuenta los días para jurar bandera. Tendría la mayoría de edad y seguiría encerrada aún en aquellas cuatro paredes, y en aquel terreno amurallado que se presentaba ante sí como un pueblo.

SALIR DE CASA

   Le daba igual que los extranjeros y los pocos visitantes que llegaban a él, realzaran lo pintoresco y acogedor del lugar. Ella se decía, “claro, eso es fácil decirlo cuando se viene de vivir en el mundo real y de repente se hace uno un viaje a la prehistoria”.

 

En su interior reconocía que exageraba, pero la obsesión por salir de aquel sitio era superior a ella.

 

   Conocía los inconvenientes de quedarse sin los actuales amigos, el tener que independizarse de sus padres, esos que siempre le tenían un plato de comida en la mesa, esos a los que arrimarse cuando uno esta hundido, esos que no preguntan y siempre dan. Era consciente de que ahí afuera estaría sola. No se imaginaba aún cuan sola se encontraría tantas veces, aunque ahí a fuera, como ella lo llamaba, existiera una multitud de gente.

Para ese entonces Gloria ya tenía novio, no era tanto lo que fuese o como fuese, era una de las pocas maneras, por no decir la única, de salir de allí. Casarse y coger rumbo a la capital, irse a vivir fuera de las huertas, de los animales, no todos de cuatro patas, según lo veía ella. David tenía fama de haber amasado, si bien no una fortuna, sí lo suficiente como para celebrar una gran boda y buscar un buen lugar donde vivir en la civilización.

   Un año después se encontró casada con un señor al que no amaba: y la que seria luna de miel pasó a ser un amargo pastel difícil de digerir. Había logrado salir de casa, realmente sólo salio de una casa para entrar en otra. Había cerrado una puerta y abierto otra casi o más cruda que la anterior.

   Al cuarto mes de estar casada, un marido celoso y acaparador le impedía moverse menos de lo que antes lo hacía.

   Romper con todo aquello le fue enormemente difícil, porque ello conllevaba regresar a casa de mama y papa, y admitir que se había equivocado.

   Lo que no se imaginaba era que, realmente no lo hacia al volver, verdaderamente lo había hecho el día que salió de ella.

   Pero su sangre continuaba hirviendo, y ella tenia de todo menos miedo, aunque tendría que haber tenido miedo a si misma. Ella sería su peor enemigo, todos sus cortos e impulsivos pensamientos no la dejaban reaccionar con madurez y cordura.

   Tenía todo un mundo donde conseguir vida, donde recoger calor y amor.

Sólo nueve años después lo halló en el amor de su hija. Fue entonces, sólo entonces, cuando comprendió, que lo importante en esta vida es: ser para alguien el mundo, y encontrar a ese ser que sea todo tu mundo, estés donde quiera que ahora estés.

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LA MANO QUE TE MECE

Fue y es la mano que mece la cuna,

fue y es la sangre que fluye por tus venas.

Fueron y son la razón y el camino a la vida,

fueron y son quienes te enseñan la luz,

quienes durante nueve lunas

alimentan tu ser,

las que cuidan tus sueños

y tus desvelos,

tus necesidades mientras te ven crecer.

                                  MI CUNA, TU CUNA...

Fue y es el ser que te da el ser,

la que te otorga la oportunidad de sentir,

la oportunidad de ver el sol como la luna,

la tierra como el mar,

el azúcar como la sal.

Es tú, hasta que tú

eres algo de ella.

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